viernes, 27 de noviembre de 2009

A caballo.

Cruzó el camino a todo galope, tras de si fue quedando una nube inmensa de polvo, a pesar de estar casi en Diciembre, la lluvia no ha hecho acto de presencia, ya en el cerro, tiró suavemente de las riendas y Lucero empezó a trotar. Miró de un lado para otro, observando la hermosura del paisaje y recordando las veces que ambos habían hecho ese recorrido. Pensó en el día en que su padre, hacia ya algo más de cuatro décadas, la llevó al picadero para que la enseñaran a montar, se acordó del miedo que pasó, de lo alto que parecía el caballo que la asignaron, del temblor de las manos al coger las riendas, y del dolor de ingles tan grande que duró varios días. Pero todo mereció la pena, las cosas que se aprenden de niño al igual que la educación y las buenas costumbres nunca se olvidan. Se embelesó con el sonido del agua del arroyo al saltar las piedras de lo más dulce y melódico, se apreciaba un suave viento que movía los arboles y las pocas hojas suspensas de color ocre que les quedaban. De no haber sido ella hubiese querido ser viento, transparente, libre, eterno. Por que está en todos lados, enérgico y caprichoso en ocasiones, apacible suave en otras. De repente sonrió de forma abierta y amplia, ¡que capacidad de evasión!. Es la la única forma que la ayuda a abrir y cerrar paréntesis.