Puede venir un instante insignificante, llegado quien sabe de donde, no esperado ni intuido. Hacerse presente como si de repente alguien lo hubiera invitado. Y en ese preciso momento, la fortuna para de repente la precisa maquinaria del reloj, que siempre estuvo a punto y cuidada, engrasando los tiempos de cualquier día. Igual tuvo un sonido diferente, quizás un guiño sospechoso ¿quien podía saberlo?, quien de haberlo sabido lo hubiera evitado. La brisa envolvió de nuevo un cuerpo diezmado y débil, agotado en la dura batalla del enfrentarse al recién nacido amanecer, disminuida la energía, cansado ya de caminar, escuchó una suave y dulce melodía que desde lo más profundo de quien sabe donde decía: "Adiós amor mio no me llores volveré, antes que de los sauces caigan las hojas". La sonrisa, apareció casi sin quererlo, suspiró fuerte, prosiguió de nuevo comiéndose la vida.
